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10
Aug

¿Quién elige los comienzos y finales en nuestra vida?

Archived in the category: Vida universitaria
Posted by: Dayana Barrionuevo - 22 Comments

El año pasado Pablo publicaba esto en su blog:

Hace unos cuantos años, saliendo de una conferencia, una persona se acercó y me pidió una tarjeta personal. Realmente no me acuerdo la cara de esta persona, pero me dijo algo que me marcó durante muchísimo tiempo.

Al ver mi tarjeta me preguntó porqué no ponía “Lic.” en la tarjeta personal, a lo que le respondí que porque no lo era!! estaba estudiando y trabajando, entonces todo se dilataba mucho y se hacía cuesta arriba…

Esta persona, me miró y me hizo una pregunta muy rara:

– ¿Sabés que quiere decir “Lic.” en la tarjeta??
– Licenciado, respondí
– No!! – me dijo – quiere decir que terminas lo que empiezas…

A partir de ese día el no terminar la carrera fue un recordatorio permanente de no finalizar lo que empezaba y siempre me pesó, a pesar de que como profesional ya estaba cosechando frutos.

Cuando leí estas palabras, me llamaron la atención dos cosas:

1- Que haya gente como este señor, con la lengua más rápida que el cerebro 😀
2- Que unas palabras tan huecas puedan afectar a alguien que está donde quiere estar.

Como yo también soy una “No-Licenciada que no termina lo que empieza”, me tomo la molestia de hacerme cargo de un comentario así para analizarlo en primera persona.

Veamos cómo son las cosas desde un principio y con la lógica del señor que te hace un fondo de ojo en la tarjeta personal:

Uno tiene derecho a elegir los principios, pero está condenado a tener finales previsibles.

Desde la óptica tan poco proactiva de este buen hombre, uno ingresa por una línea de montaje universitaria donde, como si fueran engranajes, nos van metiendo uno a uno los conocimientos, como si uno solo tuviera que “pasar”, que hacer un trayecto prediseñado con un final bastante obvio llamado “Licenciado”, “Ingeniero”, “Arquitecto”, etc.

Si uno cambia de planes se transforma en un objeto inacabado, trunco, a medio hacer… en sus mismas palabras “que no termina lo que empieza”.

¿Por qué si se puede elegir por donde empezar no se puede terminar cuando uno lo considere adecuado? ¿Quién, sino uno mismo, es el único capaz de evaluar algo tan personal como una desición así? ¿Por qué hacer las cosas sin manual está tan mal visto?

A ver, volvamos a contextualizar.

Hablamos de universitarios, de gente que ya es mayor de edad como para tomar sus propias decisiones y asumir las consecuencias de ello… entonces ¿Por qué se confunde objetivos personales con cumplimiento de una curricula aprobada por el Ministerio de Educación?

En el camino que uno recorre en una carrera universitaria, hay conocimientos que nos acompañarán toda la vida y nos recodarán siempre que valieron la pena, y otros que olvidaremos medio segundo después de haberlos rendido en un final.

Creo que sea como sea que uno termine cualquier actividad, siempre hay una ganancia, siempre suma algo a su conocimiento, a su experiencia y a su visión del mundo.

Aún cuanto solo sea para saber que eso no nos gusta. Por lo tanto, aunque uno no termine formalmente algo, nunca se va con las manos vacías; todo está en la entrega y el compromiso que haya tenido en el proceso de aprendizaje… porque después de todo, de eso se trata ¡De aprender! De tomar lo que sirve y aprehenderlo. Y de descartar las boludeces. De sacar nuestras propias conclusiones y de ser críticos. De preguntar por qué una y otra vez. De argumentar y de exigir que los argumentos de los demás tengas bases sólidas para ver qué tan creíbles son.

Hace algunos años, una persona muy cercana a mi familia me hacía el insistente comentario sobre mi “carrera abandonada” (me da gracia el término, suena a una licenciatura en diseño llorando despechada por ahí 😛 ), y por qué no terminaba si me faltaba poco.

El poco o mucho no está en el tiempo, sino en las ganas y en el esfuerzo que uno quiera poner para concretarlo. Y yo la verdad no tenía (ni tengo) el más mínimo interés en hacerlo. No me cambia nada. Entonces, si no hay motivación ¿para qué hacerlo? ¿Para cumplir? ¿Con quién? ¿Con los demás? ¿Y yo qué gano?

Esta persona, que aprecio y sé de sus buenas intenciones, podría decirse que dejó muchas cosas a medio hacer en su vida: dejó sus sueños por casarse y después, a la vuelta de los años, su pareja la dejó a ella; dejó de desarrollar su potencial para ser esposa y madre, dejó de aprovechar su energía y juventud para confiar en las desiciones de otra persona que no terminó con lo que había empezado en el altar.

Y aún así, quizás esta persona volvería a elegir lo que eligió, quizás internamente sus objetivos están cumplidos. O quizás le duela más sentir el dedo acusador de la carnicería social del “no terminaste lo que habías empezado”.

De poco sirve ponerse metas frente a las expectativas hipócritas de los demás. Cuando una persona tiene la cabeza hueca de aforismos y postulados sobre lo que la vida es o debería ser, no hay más remedio que poner la sonrisa más cínica que nos salga y decirle en la cara: USTED ES UN PELOTUDO.

El pintor Francis Picabia dijo alguna vez: la cabeza es redonda para permitirle al pensamiento cambiar de dirección.

Y estamos condenados a eso si lo que esperamos de nuestra vida es irnos fortaleciendo en el camino, tomando nuestras propias decisiones, siendo mucho más nosotros mismos que una figurita que quiere encajar en lo que el entorno propone, cuestionando mandatos sin fundamentos y re-creando para adaptarlo a lo que nos interesa.

Los principios y finales de todo en mi vida son míos. Nunca nadie logró decidir ni unos ni otros. Nunca nadie logrará hacerlo, tampoco.

Finalmente, si algún día me encontrara con este señor, yo también le pediría su tarjeta para evaluarlo un poco.

De seguro que encontraría los clichés inevitables de alguien sin imaginación que cree que un diploma (más que los conocimientos que pudiere acreditar) es la gran cosa: papel comunacho, el título antes que el nombre, si es abogado doble apellido, fuente en cursiva, y la abreviatura del título en la dirección de un correo que, invariablemente, será de hotmail o yahoo 😀

23
Oct

10 mitos al elegir una carrera universitaria

Archived in the category: Vida universitaria
Posted by: Dayana Barrionuevo - 12 Comments

Hace un tiempo el diario La Nación publicó una nota titulada “Cómo evitar errores al elegir una carrera”. Si bien el título tiene el mérito de captar la atención inmediatamente, me parece incorrecto hablar de “errores” en la mayoría de los casos.

Es por eso que me decidí a escribir algo desde mi propia experiencia universitaria desterrando algunos mitos:

1- Tengo que estudiar lo que mis padres quieren: Falso. Los padres a veces en su afán de ayudar tienden a proyectar en sus hijos sus propios miedos, inseguridades o frustraciones.  Hay que entender que cada uno tiene una vida, una historia, unos objetivos, unos sueños para cumplir. Si tus padres por alguna razón no pudieron hacerlo no tiene que ser tu responsabilidad cargar con eso.

2- Tengo que estudiar algo que me permita seguir viendo a mis amigos: tenés que entender que la adolescencia es una etapa en donde lo social tiene una importancia central en tu vida, pero que a medida que pasa el tiempo cada uno va focalizando los intereses y universidad aula alumnosdeja de tener tiempo para seguir con esa vida. Algunos porque apostarán a realizar una carrera académica brillante, otros procurarán encontrar buenos trabajos que le permitan costear sus estudios, otros formarán una pareja, tendrán hijos o formarán una familia y dejarán de ocupar el lugar de “amigos 24hs”.

Es por eso que tenés que tomar la decisión de manera autónoma, pensando que la etapa de cole puede ser maravillosa pero es algo que termina para que sigas creciendo en otro ámbito.

3- Tengo que estudiar algo que me permitar tener un trabajo: si vivís en Argentina, hasta es medio gracioso este argumento. Muy pocas carreras (y no son las tradicionales) tienen una salida laboral asegurada a sus graduados. Sumado a eso, tenés que pensar que el mercado laboral es algo que demanda según sus necesidades y según los factores económicos que favorezcan a un sector u otro.

Por otro lado, hoy en día las empresas ven en la formación universitaria un básico que toma valor cuando se le agregan otras características que hacen que el postulante a un trabajo se vea como un sujeto con potencial de crecimiento.

4- Tengo que estudiar carreras tradicionales porque son más seguras que las nuevas: completamente falso. Las carreras tradicionales no son más seguras de por sí. Por el contrario, son las que más profesionales lanzan al mercado cada año, pro lo tanto sus graduados deberán buscar mayores ventajas diferenciales para insertarse en el mercado laboral.

5- No puedo cambiar lo que elegí, mis padres no lo aceptarían: podés cambiar todas las veces que quieras, de carrera, de lugar de estudio, de especialidad. Hasta que no entrás a la facu no sabés cómo es por más que estés rodeado de profesionales en tu familia. Es una experiencia con una carga de ansiedad importante.

Los padres no siempre saben entender este cambio y muchos en lugar de sentarse a charlarlo lo toman como un fracaso y quizás hagan reproches sobre el tiempo y dinero perdidos. Todo lo aprendido sirve de alguna manera, más allá que no haya un título en la pared.

6- No necesito averiguar más que los planes de estudio y los lugares donde se dictan: si bien muchos elegimos un poco así, es bueno poder charlar y ver qué hace un profesional de la especialidad que elegimos o cómo un graduado de esa carrera se desarrollo en una actividad aparentemente inconexa partiendo de ella.

7- No puedo estudiar lo que me gusta porque no se gana dinero: este es un argumento común entre los chicos que quieren estudiar carreras relacionadas con lo artístico. Como dije más arriba, ser abogado no te asegura mayor estabilidad que ser músico. Además, todo depende de lo que hagas profesionalmente, que red de contactos vayas formando, qué oportunidades vayas descubriendo y en qué áreas te especialices.

8- Si hay materias que no me gustan descarto la carrera: todas las carreras tienen materias aburridas, tediosas y hasta inútiles, pero quizás por algo las dan y a alguien le sirven. Lo importante es que la mayoría de las materias respondan a lo que te importa.

9- Escuchar las boludeces que opinan los parientes: nunca falta la tia vívora, que apenas deletrea cuando lee el diario, que salta con “¡Pero si vos no servís para esa carrera! Deberías estudiar _________ (llená el espacio con la actividad que jamás elegirías y detestás con toda tu alma).”

Cuando alguien de verdad quiere aconsejar se centra en tus habilidades, lo que te gusta, te muestra opciones, te propone alternativas, te aporta información. Por eso mismo que una bolud@ opine mientras toma mate y se atora con criollitos no tiene ninguna validez. Sano consejo: hacéselo saber. Es la mejor forma que no opine más del tema.

10- Recurrir a la ayuda de un psicólogo no sirve: muchos comentan que “a mi me hicieron un test y me salieron cosas que nada que ver con lo que me gusta”. Primero y principal, los tests son orientativos y dan resultados basados en áreas y no en carreras. También puede ser que el test esté mal hecho o, inclusive, que no haya sido correctamente respondido.

Por eso a veces recurrir a ayuda profesional personalizada es una muy buena opción para calmar la ansiedad del futuro universitario y de sus padres, orientar la búsqueda y quizás descubrir que puede haber algunos otros problemas de fondo que puedan prevenirse para una vida universitaria más exitosa.

Bonus track: si no querés estudiar en la universidad y te interesan otras modalidades de estudio y formación, también es válido. La diferencia la vas a hacer vos con tus aptitudes, tu capacidad de crecimiento y tu proactividad.

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