Después de criticar duramente los nombres raros que le ponen a la comida, vuelvo a la carga contra los restaurantes por las promesas rotas a la hora de comer lo que nos vendieron como suculentos platos. Voy a tomar seis escenas de mi vida para ilustrar este post:
Escena 1 – Ganas de comer ceviche (tal como se lo conté a Mauro en su blog):
Estaba con antojo de ceviche y cuando fuimos a Sabores del Perú era un poco tarde y había cola afuera esperando mesa. Resignados porque la espera iba a ser mucha y teníamos hambre decidimos irnos hasta el Cerro a comer una tempura a Mayumi (no existe más el lugar).
Cuando abrimos la carta vemos que decía “Ceviche”, por lo que chocha de la vida pensé que había ido a un buen lugar y que saciaría mi antojo.
Pedimos el plato y la escena fue casi dolinesca: llegó un infame plato cuadrado que se presento como si dijera “Hola, soy el desengaño”.
Pura decoración con lechuga y nada de ceviche!!!!
Era como si hubieran querido sushizar el ceviche poniendo pescado por un lado, limón por otro y lechuga como para llenar. No sé si había 100 grs de pescado en el plato.
Y encima salía casi lo mismo que las generosas porciones para dos de Alta Córdoba.
En síntesis: peor que quedarte con ganas de comer ceviche es comer (y pagar caro) por un impostor.
Escena 2 – Probando comida mediterránea
Un día quisimos probar algo “étnico” y rumbeamos para un tradicional restaurant de Córdoba.
Cuando entramos al local lo primero que nos cruzamos fue una mujer que nos cobró por un derecho de espectáculo que ni siquiera sabíamos que se realizaba en el lugar. Nos aclaró que si nos íbamos antes nos devolvían ese dinero.
Ya estábamos ahí, y aunque hubiera algo en nuestras cabezas que nos dijera que era la oportunidad para salir huyendo, decidimos quedarnos porque quizás la comida valía la pena.
Pasamos al salon y si no nos habíamos asustado (tanto) al principio, ahora sí quedamos con la boca abierta. Fue como entrar al universo donde lo kistch vivía su máxima expresión. Lo bueno es que el lugar contaba con poca luz, como para que se noten menos los tablones con hule de mantel.
Trajeron la carta, y no se si fue porque no nos atraía ya nada del lugar, pero terminamos pidiendo para cenar platos que se hacer muy bien. Después de un rato de tardanza, apareció la comida. Al probarla el poco margen que quedaba para que el lugar subiera unos puntos se perdió. Era una porquería desabrida y descolorida.
Dejamos casi sin tocar los platos, para que conste que no nos había gustado nada. El mozo nos cobró y ni nos preguntó qué tal había estado la comida. Nuestras caras ya lo decían todo.
Fuimos al hall de ingreso, nos devolvieron la plata del espectáculo y salimos afuera sabiendo que nunca más pisaríamos ese lugar.
Años después Guille conoció al dueño en un evento (y ahí entendió muchas cosas de la onda del lugar) y cuando supo que yo era su novia me mandó muchos saludos y dijo que le gustaba el blog. Así que le agradezco los saludos Don, pero póngase media pila con el restaurant.
Escena 3 – Los noviecitos que salen a cenar
Creo que no tendría más de 20 años (encima siempre parecí de menos) cuando con mi novio del momento fuimos a cenar a un tradicional restaurant italiano de nuestra ciudad que se ufanaba de ser lo más tradicional y casero que se puede encontrar en la provincia de Córdoba.
Quizás por vernos como dos chicos alguien de la cocina se quiso hacer el vivo y no tuvo mejor idea que servinos lasagna descongelada en lugar de un plato recién hecho, casero y blablabla.
Y lo malo no fue que fuese casero-descongelado. Lo malo fue que ni siquiera se tomaron la molestia de controlar si al menos estaba realmente descongelado lo que me habían puesto en el plato. Cuando partí un bocado con el tenedor en el interior de la porción podían verse los cristales de hielo denunciando la trampa.
Como corolario de la mala experiencia, había uno de esos tipos que cantan en bolichones con un bafle a todo lo que daba taladrándonos el cerebro.
Tampoco volvimos. Debo reconocer que hoy le hubiera metido el cubito de lasagna por la cabeza al mozo y no hubiera pagado por esa porquería. Pero por aquellos años era tan tierna y tímida que no dije nada.
Escena 4 – Misiones
Durante un viaje a las Cataratas en 2012 nos alojamos con nuestro grupo de viaje en una posada en un bosque. El lugar era precioso, las instalaciones excelentes y ya nos veíamos disfrutando de la cena el espacioso comedor.
La noche empezó complicada porque siendo casi 20 personas para atender, el personal estaba como en cámara lenta.
Cuando por fin nos llegó la comida (creo que había carne picada con arroz y verduras) todos empezamos a comer por el hambre que teníamos de la espera, a pesar de que era un plato de sabor bastante mediocre. Cuando estuvimos un poco más calmados empezamos a comentar entre nosotros que la comida tenía un olor muy particular que, aunque nos resultaba familiar, no podíamos acertar de qué era.
Hasta que yo dije “se parece al alimento para perros de lata”… y ahí todos se dieron cuenta que, precisamente, éso era lo que a todos nos resultada conocido de algún lado pero sin serlo totalmente 😀
Nunca supimos si lo que comimos fue realmente Pedigree, pero que por las dudas muchos prefirieron no pedir el postre, es algo que puedo asegurarles. Igual, hubo algunos rottwailers que no dejaron nada 😛
Escena 5 – El jenga en San Francisco.
En el viaje a EEUU de 2012 fuimos a San Francisco, California. Una de las actividades que tuvimos allá fue juntarnos con un tipo muy importante del mundillo digital. Un entrepreneur, como le gusta decir a los chetos.
La cosa es que el tipo nos cita en un restó/bar al mediodía para almorzar. Mientras estábamos esperando nos empieza a contar que ese lugar era uno de los top de la ciudad y que a esa hora estaba tranquilo, pero que a la tarde/noche había fila para entrar.
Aunque la decoración no era particularmente lujosa y se veía más bien promedio, con tanta publicidad y los precios que relojeábamos en la carta, se ve que era cierto que el lugar era selecto, por lo que sin decirnos nada estuvimos de acuerdo en que había que pedir lo más barato: una sopa para mí y Guille pidió una ensalada César.
Al rato cae el mozo con el pedido. Lo mío era una cazuela de sopa común y corriente (y ni siquiera particularmente rica), pero la “ensalada” eran seis hojas de lechuga enteras, una sobre otra cruzadas formando un jenga, unos crutones sueltos, una salsita y paremos de contar. ¡Encima esa cosa salía como 16 dólares!
De haber sido una situación normal me le hubiera reído en la cara, pero como jugábamos de visitantes nos tuvimos que morder la lengua y hacernos miraditas de reojo para que no se note.
Imaginen a un hombre promedio argentino cortando una torre de lechugas con cuchillo y tenedor, y comiendo sin decir ni mu con cara de “Humm, ¡Qué rico!”. Guille transpiraba como testigo falso durante aquel almuerzo.
El final feliz fue que pagó nuestro anfitrión, porque sino hasta el día de hoy estaría escuchando el lamento por esa ensalada.
Escena 6 – En el aeropuerto de Nueva York
Mismo viaje, ya volviendo a Córdoba. Nos detenemos a comer algo en una especie de pub irlandés del aeropuerto seducidos por las pantallas de TV mostrando fútbol.
En la ocasión Guille pidió Shepard Pie, un plato que es tipo pastel de papas, y yo una sopa de hongos.
Después de mucha espera, aparece el mozo portoriqueño con nuestros platos: mi sopa era sobrecito Knorr y el pie era un plato hondo de puré instantáneo con algo de carne tipo viandada.
Lo peor de todo es que cuando vuelve el mozo para cobrarnos nos dice “Demoró pero estaba bueno, ¿no?”
Creo que nuestras caras lo dijeron todo.
Escena 7 – Los ñoquis del 1ero.
Siendo que este febrero no tuvo 29, decidimos comernos unos ñoquis el 1ero de marzo en un restaurant de mi ciudad que, a pesar de tener muchos años, nunca había visitado.
Pedimos ñoquis con salsa de champignones (con un precio por porción de $80) y lo que nos llegó fueron ñoquis con media lata de champignones tirada encima de cada plato.
Si bien la pasta era casera y no estaba mal, los champignones de lata no tenían gusto a nada ni se veían apetitosos. El plato en sí no tenía sabor porque los ñoquis no podían hacer milagros por sí mismos untados en un poco de manteca; mientras que los hongos eran un equivalente a rosas de plástico adornando un florero.
Comimos algunos ñoquis y terminamos pidiendo la cuenta y que nos envuelvan lo que sobró (casi un plato entero entre los dos).
La cuenta final fue de $210 por dos porciones de ñoquis, una coca de litro y $7 de propina al mozo. Carísimo, considerando he comido mil veces mejor y más barato en otros lugares de la misma ciudad.
Cuando llegué a mi casa los mejoré con salsa casera y pude terminarlos. Eso sí, los champignones insaboros quedaron ahí, esperando otra oportunidad.
Este post solo viene a hacer justicia por los comensales que de vez en cuando salimos (porque los tiempos no están para hacerlo todos los fines de semana), y terminamos siendo desilusionados antes y después de probar bocado.